No es lo mismo

Que piensen lo que quieran, pero no pretendía ahogarme. Tenía intención de nadar hasta hundirme. Pero no es lo mismo.

Fotografía: Sonya Jach / Texto: Joseph Conrad

 

Mujer con cabeza metida en la lavadora

 

La cita. Cuento de invierno – Episodio I

¡Tenía tantas cosas qué hacer! No se por qué habíamos quedado en un lugar tan apartado. Llegué el día anterior con un sol expléndido, la carretera limpia, el aire se palpaba fresco y puro, quizás se apreciara el olor a hierba frondosa, la que estaban recortando las vacas mientras pastaban afanándose. Me pareció fantástico, estaba contenta, o más, exultante. Además llevaba esperando aquella cita sin saberlo toda la vida. El encuentro se fijó para al día siguiente, y después de un buen yantar de “pedorreras”, como decía el camarero del pequeño restaurante, me iría.

A eso de las 11 abrieron la feria. Recuerdo mi asombro cuando la inaguración se estrenó con tambores y gaitas: una banda de músicos locales con ecos celtas, y porrones con orujo, pastas artesanas con arreglos de miel de romero y almendras. ¿Quién tenia estómago para tal barbaridad? Veía correr el orujo y me parecía imposible que se lo pudieran beber a palo seco. Pocos más que los locales se atrevieron dos rondas.

Estalactitas

A las 11, 30 el viento comenzó a arreciar, la temperatura bajaba por momentos. Alguien de la carpa dio la voz de que anunciaban la primera nevada de la temporada. Pensé que si nevaba mejor, podríamos deslizarnos. Aunque luego me empecé a preguntar si mi cita aparecería. Si habría llegado ya. No tenía a mano el teléfono del hotel, aunque solo estaba a 5 minutos. Disponíamos de una buena calefacción y los puestos llenos de repostería, cerámicas, guisos locales, caldos tremendamente picantes, trabajos de herrería, forja, cuero… y legumbres de toda la provincia.

Era él quien elegió el lugar: un hombre acostumbrado a perderse por estos pagos y otros de más altura. Leí en alguna de sus entrevistas que “No había nada como subir a la montaña para recuperar las perspectivas”, pues eso le había ayudado enormemente a escribir. En aquel momento desconecté del lugar y volví a la madriguera de Alicia, en mis sueños yo hablaba a menudo con él, sus adaptaciones teatrales de piezas ajenas a las que sumaba acciones de la vorágine del mundo no pasaban desapercibidas.

…Continuará…

Ana Ruibarbo »
La foto es de una amiga del Facebook

Hoy andaba debajo de mí mismo – Poema

Fotografía de Jure Kravanja

 

Hoy andaba debajo de mí mismo
sin saber lo que hacía.

Hoy andaba debajo de la pena
con risa inexplicable.

Hoy andaba debajo de la risa
con todo el llanto a cuestas.

Hoy andaba debajo de las aguas
sin que fuese milagro comparable.

Hoy andaba debajo de la muerte
y no reconocía sus cimientos.

Andaba a la deriva por debajo del cuerpo
confundiendo los dedos con los ojos.

Hoy andaba debajo de mí mismo
sin poder contenerme.

Fotografía: Jure Kravanja / Poema: J.A. Valente

 

Pasando apuntes

William-Trost-Richards-The-Neglected-Garden

 

No pienso dejar
que la literatura me dé miedo:
sólo estoy pasando unos apuntes
a limpio, tampoco es tan grave.

Neo-Dadá noise
music.
Remodernist Art.
Flarf poetry.
Fluxus.

Bombillas que no saben
si tienen luz propia,
vellorí de las ovejas negras,
el habla rústica:
casticismo e indeterminación.

Recordar que
John Cage
dijo: «La música
nos convierte
en objetos de arte»,
algo que yo
aún no me he cansado de
repetir:
la soledad en
la poesía española.

«¿Entonces, qué es lo que
hemos decidido?»

Que no hay viento favorable
para quien no sabe adónde va.

El jardinero de la casa de los Salina
escribió una ‘Breve historia del alpinismo’,
«pertenecíamos a aquella clase social donde
la comprensión secreta constituye las cuatro
quintas partes del afecto»,
Lampedusa

Lo cierto es que no hicieron nada
salvo leer ‘Nijinski y la abstracción’
en un jardín descuidado.

Yo no pertenezco, no tengo miedo,
me da demasiado el sol.

 

Fotografía de William Trost Richards – The Neglected Garden

 

Sienna Molnar

Lo cierto es que nunca es fácil prolongar las situaciones de intensa emotividad. Por maltratada que una se sienta, cuesta mucho permanecer indignada, aunque tenga razones. A veces alimentar el rencor acarrea tantos problemas que no merece la pena.

R de Rebelde de Sue Grafton