Literatura

El rescatador

— Pií… Pií… — sonaban monótonos y rutinarios los pitidos del aparato, en estricta consonancia con los quebrados verticales que, al unísono con aquéllos, se dibujaban sobre la línea continua horizontal del monitor.

Hombre palpitante

El aparato estaba conectado mediante electrodos a un anciano que yacía en una cama de hospital: un hombrecillo enjuto y desgarbado, al que por abreviar llamaremos Pi, en cuyas pupilas asomaba a ratos — pese a la enfermedad que lo consumía — un brillo pícaro, como de un niño que está cometiendo una travesura.

Junto a la cama, una anciana — a quien Pi llamaba, en este caso sin asomo de picardía ni desprecio, antes bien con orgullo y extremo cariño, “mi viejita ” — cubría con las suyas, y con cuidado para no despegar el electrodo, una de las manos de Pi.

Anciana sonriente

En aquellos instantes, su viejita peroraba sobre un tal Bernardo Parrales. Este Parrales era un afamado columnista de renombre nacional.

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Cordial, cordialísimo, cordero, corderito

Cordero echado entre la paja

 

Cordial, cordialísimo, cordero, corderito. Corderito de Dios. Mojado en pan sabe muy bueno y te llena de amor.

Ay, viejo cristiano castellano. Cordial, cordero, corazón: Corazón de mi vida, Cristo bendito que tanto te quiero.

Cruz, crucecita, crucifixión. Cada uno a cuestas con su cruz y para ti la más grande, y yo con la pequeña. Querámonos los unos a los otros, porque si no no llegamos a ninguna parte, y así tampoco llegamos pero al menos llegamos bien.

 

El calvario. Calvo calvete. A este paso me voy a quedar calvo. Y es que siempre me toman el pelo. No lo entiendo, con lo mal que sabe: sopa de fideos llena de pelos, y al final ya no sabes cuáles son los fideos y cuáles los pelos. Menos mal que yo soy moreno.

 

Moreno, moroso, morita. Mora morita que sabes muy rica. Que todavía recuerdo tu sabor de cuando de pequeño te cogía a docenas en los campiños galegos. Dulces y nubarrosos y húmedos campiños galegos. Campo campito campestre. Ay mis queridos campiños llenos de meigas y ranas. Atravesados por riachuelos donde nadan las truchas. Lisas y orondas truchas de vientre plateado y destellante. Y mi padre que las cazaba de niño. El experto cazador. Y ahora me le encuentro aquí, en la tierra de los recuerdos, y nos hacemos amigos: dos niños, dos pequeñuelos, dos rapaces que juegan a cazar truchas y a ver quién caza más. “A que yo soy más rápido”. “Una polla como una olla”. “El ajo en el carajo”. “Carajo no, palurdo, que no sabes falar galego, se dice caraio, que me dan ganas de no traerte al mundo”. Ay, Papá, no seas malo.

 

La tierra de los recuerdos. Los recuerdos pasados y futuros que se cruzan y se entrecruzan haciéndose guiños y hermanando así a toda la Humanidad: Millones y millones y millones de hombrecitos y mujeres intentando ligar los unos con los otros. “Yo soy Napoleón”. “Pues yo también”. Y ya no se sabe cuál es el de Waterloo y cuál el del manicomio. Porque los dos llevan sombrerito de papel de periódico viejo. Niñería, travesura de niño a sus anchas en la tierra de los recuerdos.

Ignacio Iglesias con gorro de papel

RETRATO DE IGNACIO IGLESIAS POR LUIS DEL AMO. RETOQUE DE TRESPIES.

 

De pronto yo soy la muchacha que comparte la habitación de mi madre jovencita, casi niña, viviendo en Edimburgo para adquirir el acento inglés[1] y regalárselo a los parientes. Compañera inseparable de confidencias. “Españolas y a mucha honra”. “Desde luego lo de la honra, que honradas lo somos más que ninguna”.

 

Pero ya me he calzado los bigotes y me he vuelto Groucho, tomándole el pelo a Marx. “Caballero, su barba es tan roja que me pone rojo de vergüenza”. “Váyase al fresco, canalla, que esto es la Revolución”. “Demasiadas revoluciones, y luego el disco suena mal”. ¿Te acuerdas, mudito, de cuando me llevaste de viaje en la vespa?: Directos a estamparnos contra un muro, y de repente la moto se tiró el rollo y en vez de estamparnos pegó un giro radical de noventa grados y trepó por el muro lanzándonos por los aires.

Ignacio Iglesias - Harpo Marx

IGNACIO IGLESIAS CARACTERIZADO COMO HARPO MARX.

 

Lo siento, pero estoy un poco cansado porque llevo demasiado tiempo sin dormir. Así que me despido y me voy de la tierra de los recuerdos. Los recuerdos y los sueños. Pero antes de irme me agarra Jesús, Jesusito de mi vida, y dice “Así de niños tenéis que ser si queréis entrar en el Reino de los Cielos”. Y yo, como juego con ventaja y sé lo que va a pasar, le respondo “Si a ti te crucifican a mí también”. Los discípulos se mosquean y exclaman “¡Crío insolente!”, al tiempo que intentan meterme una colleja. Pero el Maestro los detiene con un gesto y, mirándome con ojos tristes aunque llenos de profunda esperanza, me dice con cariño “Hijito, esperemos que no sea así”. “Maestro, quién sabe, espérate no vaya yo a acabar en la Gehenna”. “Tus ojos me cuentan muchos pecados, pero también me cuentan que por alguna parte, en un rincón perdido de tu conciencia, tienes escondido un Sentido del Deber que, si lo sacas adelante y le das vida, puede ser tu Salvación. Pero antes tendrás que acallar tu ansiosa hambre de atención y descentrarte del Mundo: olvidarte de ti mismo para encontrar a los demás. ¡Ánimo, muchacho!”

 

Sus dos últimas palabras resuenan en mi espíritu mientras se difumina la tierra de los recuerdos y voy retornando, rescatado por quién sabe quién, al mundo de siempre o sea la realidad cotidiana que acompaña a las tostadas del desayuno. Estoy emocionado, mis ojos empañados en lágrimas. “Me ha hablado Dios. Te quiero y quiero a todo el mundo, hasta a los malos: Dios pasea el sol y hace llover sobre justos e injustos. Intentaré ir dejando de hacer tonterías y acabar siendo bueno”. Esperemos –espero– que sus divinas palabras no caigan en saco roto.

 

Cordial, cordialísimo, corderito, corazón. Divino corderito que tanto te quiero.

cordero de dios

IMAGEN RECOGIDA DEESTA WEB. NO FIGURA EL AUTOR.

 

Madrid, Febrero 1991

[1] En realidad, escocés. Nota del revisor

 

Nuevo fragmento de la serie Aforismos de juventud…

…publicado en lacharcaliteraria.com:
 

La charcaliteraria.com - Tocando fondo (2)

 

Adiós

…adios…
…a las 00,00 h…me desactivo…
…me disipo…
…me las piro…
…antes de que me echen…
…besos y abrazos…
(…que me gustan mucho…)

ciclista desenfocado

Letanía de recuerdos

 

Una letanía de recuerdos
reverbera a golpes la inocencia,
dejando inflamada la herida que se pudre en la última palabra.
Juegos que se funden al sol,
como esa piel de cera
que pierde el candor de la niñez.

Pausa alborotada
en el cemento
silente de inocencia…

Todo verso provoca un perfume que acaricia el rigor de un poema.

M. Belén

libro con flor marchita

El tiempo pasa…

 

Atardece…

Mujer ante ventana al atardecer

 

Anochece…

Cabellera y flor sobre negro

 

Fernando Goñi Etchevers

 

El agua pal café

 

De pronto me acuerdo queace media hora que he dejao el agua a hervir en la cocina pal café y salgo follao y me digo: “¡Soy un puto desastre!! Semavaporao toa fijo”.

Pero no problem: soy tan desastre que había olvidao encender el fuego.  

yo con gesto de que remedio

yo haciendo el indio

 

Compás desubicado

 

Nubes rotuladas y
armonía cromática
almizclada en un pentagrama.
Sumisa cellisca
que arquea el ramaje desubicado
y hojaldrado del estío.
Vestidura en un crepúsculo baldío
entre páramos de lenguaje y
perfume abrótado de notas
que marchitan encuentros afrutados de melodía.

Compás desubicado e irremediablemente asonante.

M. Belén

arbol con notas musicales

 

Gozo

 

Sentí entonces un gozo que casi podría definir como terror (…). Ésa ha sido, desde entonces, la actitud con la que me he enfrentado a la vida: querer escapar de todo lo esperado con excesivas ansias, de todo lo que previamente había adornado exageradamente con mis fantasías.

Torso masculino de espaldas a contraluz

Texto: Lukas Reig / Fotografía: Amerigo Mizzon, Confesiones de una máscara

Evoca el abismo a quien le llama

Carta rey de la muerte

Evoca el abismo a quien le llama.
Olvida el eco de quien le estremece.
Silencio en la huella de un desencuentro.
Noche tatuada en el envés de una baraja.
Geometría de un cartón marcado.
Contienda de siluetas…

Pesadumbre en el juego que se extingue.
Efímeros segundos en la partida de una mirada.
Gemido hilvanado en la tela de unos labios;
utopía desgarrada en un fondo de lluvia hostil;
fugaz en su último estertor y consumida en arrogancia.

M. Belén