La Niña de la Estrella. Novelita de amor y fantasía. Capítulo III

La niña de la estrella | Capítulo III

Ignacio Iglesias

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La niña de la estrella

 

 

 

Capítulo III

 

 

 

–¿Por dónde íbamos?… Ah, ya… Carolina y Pipo estaban a punto de prometerse.

 

Los dos sabían que se acercaba este momento, y se habían esforzado en su preparación. Sin embargo, por primera vez a Carolina empezaron a fallarle los cálculos. Hasta entonces, había manejado los cortejos de Pipo con la misma precisión que un relojero suizo el mecanismo de su reloj, consiguiendo que Pipo llegase en cada momento al punto de la relación que ella había decidido previamente –no más adelante, ni más atrás–. Pero hubo al menos dos ocasiones en que ella pensaba que él iba a pedirle su mano… y no lo hizo. Carolina no podía entender qué era lo que fallaba. Todo iba bien hasta el momento crucial: se acaramelaban con actitudes y palabras románticas, hablaban del futuro –ella se cuidaba de sacar el tema–, él adoptaba un aire grave y la miraba solemne… La segunda vez incluso hincó la rodilla en tierra… Abría la boca para hablar… Pero entonces algo –como un nublado– enturbiaba su mirada, contraía el rostro en mueca de dolor… Y desaparecía a grandes pasos sin volver la vista atrás.

 

El propio Pipo no sabía lo que le pasaba… o no quería saberlo. Le entraban ganas de darse de cabezazos contra la pared por cada ocasión desperdiciada. Temía que Carolina se hartara de su indecisión, y por nada del mundo quería admitir que influyera en él algo sobre lo que se había prometido a sí mismo no volver a pensar jamás.

 

El mes siguiente Carolina y él, acompañados por unos tíos de ella, iban a subir de excursión a las Dos Hermanas. “A la tercera va la vencida. Esta vez no fallaré.” Y, en cierto sentido, no falló.

 

Ya en la montaña, a la caída de la tarde, Carolina y Pipo se las arreglaron para despistar a sus tíos y perderse de vista. Era un hermoso crepúsculo, más encarnado que nunca. Carolina se recreaba en él, pero Pipo evitaba mirarlo. En un momento dado, Pipo le dijo:

 

–Ven. Voy a enseñarte algo.

 

Y, tomándola de la mano, la llevó junto a su refugio secreto.

 

Cuando se disponían a entrar, sucedió algo inesperado. Por un momento, se hizo la oscuridad absoluta –como si la estrella Clara se hubiera apagado–; simultáneamente, una ráfaga de aire helado asoló Teotolcan, y se hizo la nieve en la cumbre de las Dos Hermanas. Pero fue sólo la fracción de un instante; pues, cuando Pipo alzó su mirada –con la misma tensión de un animal salvaje que se revolviera al sentirse alcanzado por una lanza–, la estrella lucía como siempre: Clara seguía sonriendo.

 

Entraron en la cueva sin más dilaciones. Afuera, Clara sonreía. Pero nunca le había resultado tan duro hacerlo.

 

Al cabo de un rato, no demasiado largo, Carolina salió del refugio… pero Pipo no iba con ella: salía sola y lloraba a lágrima tendida. Pipo permaneció dentro por espacio de muchos días.

 

Cuando salió, Pipo fue directamente a su casa. Parecía más viejo. Se reunió con Elías. A raíz de este encuentro, Elías le escribió una carta a un viejo amigo suyo, honorable caballero de los confines de la galaxia, y se la envió mediante un mensajero sideral. Pipo, por su parte, fue hasta casa de Carolina, donde le presentó sus respetos y, sumamente contrito y apenado, puso fin a su noviazgo. Por lo demás, permaneció en casa, con los postigos de las ventanas cerrados.

 

Al cabo de un tiempo otro mensajero se allegó a casa de Elías: le traía una carta con la respuesta de su querido amigo Amaniel, gran maestre de la orden de la Esperanza; era ésta una de las órdenes más nobles de la caballería espacial, y su sede –donde residía Amaniel– radicaba en el extremo sur de la galaxia –a gran distancia de Teotolcan–. Tras la recepción de esta carta Elías volvió a reunirse con Pipo. Al día siguiente, Pipo comenzó a hacer los preparativos de viaje.

 

La víspera de su partida, Pipo ascendió hasta el nacimiento del Canalón.

 

Sentándose en el mismo peñasco en que antaño le declarase a Clara su amor, volvió a mirarla. Si bien lo hacía con tanta intensidad y fijeza como la primera vez, había una templanza en sus ojos antes inexistente. Rompió a hablar, y lo hizo con voz firme.

 

–He venido a despedirme de ti, dama de la estrella… mi dama. Jamás podré querer a otra mujer. No como te quiero a ti. Pero tampoco puedo vivir así –se levantó–. Me marcho a la frontera Sur de la galaxia. El gran maestre Amaniel me dispensa el honor de acogerme en su orden, la orden de la Esperanza… Qué ironía… pues la esperanza es precisamente lo que pierdo al abandonar este mundo… –miró en derredor, y luego levantó su mirada– …Al abandonar tu luz, amada mía. Pero me voy para no volver. He creído que debía decírtelo. Porque quiero que sepas –aunque creo que ya lo sabes– que tenerte allí arriba, vivir bañado por tus dulces rayos, contemplarte… ha sido lo más bonito que me ha sucedido… que podría sucederme jamás. Adiós, Clara.

 

Y Pipo descendió de la montaña con paso firme, la mirada inclinada y los ojos empañados. Clara, pese a la hondísima pena que la embargaba, consiguió no dejar de sonreír: pues sabía que si dejaba de hacerlo pondría en serio peligro la decisión y el destino de Pipo, así como el de Teotolcan y el suyo propio.

 

A la mañana siguiente, poco antes de partir, Elías habló con Pipo en el salón de su casa, dándole los últimos consejos paternales. Mientras tanto, prendió fuego a la chimenea, ante la extrañeza de Pipo, pues no hacía frío. Después le dijo:

 

–Por cierto, ¿Llevas contigo el palo de roble?

–Sí. No sé por qué, ya que no me va a servir de gran cosa… Supongo que le tengo cariño. Pero en la frontera tendré que hacerme con una espada de verdad.

–Así que no te va a servir de gran cosa, ¿eh? Dime –y los ojos de Elías brillaban con picardía–, ¿nunca has notado nada especial en el palo?

–Bueno… –Pipo reflexionó–. Sí, he notado que parece tener una energía propia, y que cuando logro sintonizar con esa energía, puedo hacer movimientos casi imposibles… A menudo he pensado que jamás empuñaré espada que se ajuste tan bien a mi mano como este querido palo de roble…

 

Entonces Elías le pidió que lo sacara. Pipo le obedeció. Luego le dijo que lo empuñara a modo de espada –como tantas veces había hecho– y metiera la punta en las llamas del hogar. Intrigado, Pipo lo hizo. Entonces Elías habló, al tiempo que trazaba arcos y gestos rituales con brazos y manos.

 

–Centella, tú que llevas largo tiempo dormida, despierta de tu sueño. Ha llegado tu hora. Te empuña la mano para la que has sido hecha. Esta mano, que lleva largo tiempo entendiéndose contigo, ha dejado de ser la mano de un muchacho: es ahora la mano de un hombre que camina al encuentro de su destino. Es tu hora, Centella. ¡Despierta!

 

El palo, en lugar de quemarse entre las llamas, comenzó a brillar, y a desprender en su torno vivos destellos… Un halo de luminosa energía brotó de su interior… Y de pronto ya no era un palo de roble, sino una refulgente y magnífica espada del más puro irifénix.

 

Maravillado, Pipo alzó la espada girándola en el aire, y la espada destelló como una centella.

 

–¡Centella! –exclamó Pipo, como reconociendo a una vieja amiga cuya presencia no hubiera advertido antes, por hallarse encubierta bajo un disfraz.

–El día que te encontré en el nacimiento del Canalón, yo no estaba allí de excursión. Había ido con un propósito: bautizar a Centella, mi mejor obra. Concebí su idea desde muy joven: una espada al servicio del bien, empuñada por un hombre puro. Sin embargo, no había encontrado a nadie apropiado para ella. Cuando te encontré junto al río, milagrosamente vivo, justo el mismo amanecer en que me disponía a bautizar a Centella, supe que algún día tú la empuñarías –la espada destelló de nuevo, sin que Pipo la moviera, como confirmando las palabras de Elías–. Recuerda que Centella puede presentarse en su aspecto genuino, como flamante espada, o bien adoptar la apariencia de un simple palo de madera de roble: depende de tu voluntad… siempre y cuando ella esté de acuerdo.

 

Llegó la hora de partir. Era un día triste y lluvioso, de cielo plomizo.

 

Elías acompañó a Pipo hasta el puerto, y lo despidió con un fuerte abrazo. Se le saltaban las lágrimas, pues sabía que no volvería a verlo.

 

Pipo se embarcó en un galeón comercial que hacía la ruta del sur. La nave rompió amarras y levantó el vuelo, ascendiendo entre las nubes.

 

Ya fuera de la atmósfera de Teotolcan, navegando por el espacio estelar, Pipo le dedicó una última mirada a la estrella de su amada Clara.

 

En los meses que siguieron, Clara no dejó de sonreír. Y aunque, gracias a ello, los habitantes de Teotolcan prosiguieron sus vidas con normalidad, justo es decir que esta vez sí notaron algo anormal: como si la estrella Clara no brillase con tanta luminosidad como antes; incluso en días sin nubes el cielo parecía una pizca mortecino… Y es que la sonrisa de Clara era más impostada de lo que nunca lo había sido; pues ella sentía dentro de sí un vacío irreparable.

 

Con el tiempo, Clara logró levantar su ánimo, considerando que había sido –el de Pipo y ella– un amor limpio y hermoso que había terminado como debía; pues, de haberse desarrollado de cualquier otra manera, sin duda hubiera provocado males terribles. De manera que la marcha de Pipo, lejos de entristecerla, había de servirle de agradecido consuelo, pues gracias a ésta tanto Pipo como ella misma mantenían salvas e íntegras su dignidad y respectiva condición.

 

–Pero la sonrisa de Clara ya no volvió a ser la misma. Del mismo modo que Pipo se había marchado convertido en un hombre, Clara, quedándose en su lugar, se había convertido en una mujer. Había madurado, y su sonrisa había madurado con ella; y había en esa sonrisa un levísimo asomo de tristeza, en el que confluían la nostalgia de su amado y el dolor acumulado en aquellos últimos años. Y colorín colorado…

 

El viejo se calló con gesto cansado. Hundió su mirada en las brasas de la chimenea.

 

–Pero, ¿cómo? ¿Así termina el cuento? –exclamó uno de los peques.

–¿Y nunca, nunca, nunca volvieron a verse? –lloriqueó Rosita.

Yo mismo interpelé al viejo con ansiedad.

–¿Termina así?

El viejo hizo un gesto de mudo asentimiento, generando un clima, por así decirlo, húmedo: pues sin duda se avecinaba una marejada de llantos. Los más pequeños empezaban a hacer pucheros cuando la cara del viejo se distendió en una amplia sonrisa, que desplazó las comisuras de sus labios resecos casi hasta las orejas.

–¿Pero, cómo? ¿Se va a acabar el cuento, así? ¿Justo ahora que empieza la acción? No, muchachos, el cuento todavía no se ha acabado. No ha hecho más que empezar. Pero hoy me siento cansado. Así que, si no os importa, mañana continuamos.

–Ya lo habéis oído, chavales –colaboré con él–. Mañana más, y mejor. Así que hale, recogiéndonos que es gerundio, y al sobre –rematé chasqueando los dedos.

[Continuará…]

 

 

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