La Niña de la Estrella. Novelita de amor y fantasía. Capítulo II

La niña de la estrella | Capítulo II

Ignacio Iglesias

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La niña de la estrella

 

 

Capítulo II

 

–Decíamos ayer que a partir de cierto momento las cosas empezaron a cambiar, complicándose. Fue más o menos cuando Clara y Pipo entraron en esa edad tan delicada en que ya no eran niños pero aún no eran adultos ––y el viejo hizo una pausa, mirándome significativamente como advirtiéndome: “Verás la que te espera”. Seguidamente prosiguió su relato–. Durante un verano, Pipo empezó a comportarse de manera extraña: rehuía el trato con la gente –sus compañeros, Elías… –, volviéndose cada vez más taciturno y retraído; evitaba mirar la estrella Clara; cuando entraba en su habitación cerraba los postigos de la ventana –cosa que antes nunca había hecho, al menos en la estación calurosa–; pasaba la mayor parte del tiempo metido en su cueva secreta…

 

Perdonad, chicos. No os he hablado todavía de la cueva secreta de Pipo. Como otros muchachos de Teotolcan, Pipo disponía de un escondite sólo conocido por él. Lo había descubierto de niño, en una de sus correrías por la montaña; estaba muy cerca del nacimiento del Canalón –el lugar donde lo encontró Elías cuando era un recién nacido–, pero para llegar a él había que atravesar una zona de espesísima maleza –que a la vez ocultaba y dificultaba la entrada–, por lo que resultaba casi imposible averiguar su existencia. De hecho, Pipo no lo hubiera descubierto a no ser de la curiosa manera en que lo hizo. Andaba un día de exploración por el bosque, cuando avistó una serpiente de vivos y variados colores, tan hermosa como jamás había visto. Aunque quizá sería más correcto decir que fue la serpiente quien lo avistó a él, pues cuando Pipo reparó en ella estaba ya enfrente suya, mirándolo fijamente.

 

Habéis de saber que las serpientes teotolcanecas podían ser benignas o malignas, pero en cualquier caso, tenían siempre cualidades mágicas. Así que el encuentro con una podía deparar una inesperada fortuna, pero asimismo podía, por el contrario, resultar fatal; por lo cual la mayoría de los hombres de Teotolcan prefería no correr riesgos y, al toparse con una, alejarse lo antes posible. Pero Pipo, aun cuando todavía era un niño, no se arredraba ante el peligro.

 

De modo que la serpiente multicolor, detenida frente a él con la cabeza triangular alzada, clavó en sus ojos su hipnótica mirada y, sacando una lengua bífida, siseó. Seguidamente dio media vuelta y se marchó reptando. Pipo interpretó el siseo como una invitación a que la siguiera. La serpiente se adentró por una zona de intrincada y espesa maleza, y Pipo fue tras ella, consiguiendo abrirse paso entre la maleza gracias a su pequeño tamaño y su machete de explorador. Llegó hasta la pared de la montaña, y divisó a la serpiente entrando por un angosto agujero. Ni corto ni perezoso, se internó por él. Avanzó a cuatro patas por una gruta estrecha, que doblaba continuamente a izquierda y derecha. La serpiente se había perdido de vista. Tras unos centenares de metros, al vencer un recodo, desembocó en un amplio espacio subterráneo, quedando maravillado. Del techo pendían estalactitas de radiantes y vívidos colores –como los de la serpiente que le había guiado hasta allí, de la que no había ni rastro–, y en el centro reposaba una pequeña laguna, en cuya superficie se reflejaban las estactitas. Pipo se acercó hasta su orilla e, inclinándose, rozó el agua con un dedo. Entonces resonó en toda la cueva el siseo de la serpiente, y la pequeña ondulación provocada por Pipo fue suficiente para generar en la superficie del agua miríadas de destellos multicolores, formando una especie de fantástico caleidoscopio.

 

Así que éste era el refugio secreto de Pipo. A decir verdad, Pipo nunca lo había frecuentado demasiado, pese a su belleza, por la sola razón de que dentro de la cueva no podía contemplar la estrella Clara, ni ser bañado por sus rayos. Pero en la época a que nos estamos refiriendo, Pipo había cambiado de proceder, y consumía en la cueva casi todo su tiempo.

 

Y, cuando no estaba en ella, evitaba el trato de la gente así como mirar a la estrella Clara. Por primera vez en su vida, caminaba con la cabeza gacha; sólo muy de vez en cuando alzaba la mirada dirigiéndola a la estrella, repentina e impulsivamente… mas inmediatamente la retiraba, pesaroso y avergonzado –como si su sola visión le hiriera.

 

Clara percibió este cambio de actitud con creciente preocupación… Pero seguía sonriendo, no sin esfuerzo. Se preguntaba qué podría pasarle, y reprimía el deseo de hacer algo al respecto: investigar qué hacía Pipo en sus largos ratos de soledad, enviarle algún rayito de ánimo o de interrogación… Pero no hacía nada de esto, sino que permanecía sonriente, como era su obligación, aunque su inquietud aumentaba día a día. Sospechaba con temor –y, también hay que decirlo, con una recóndita esperanza– que el cambio de Pipo pudiera estar relacionado con ella… ––Pero no, era imposible: cuando Pipo miraba el cielo, sólo veía la estrella, no podía ver otra cosa, ya que los habitantes de las estrellas son invisibles para las criaturas terrestres.

 

Y sus sospechas la conducían a otra cuestión desasosegante que no se atrevía a plantearse: ¿Qué sentía ella con respecto a Pipo? ––No quería plantearse esta cuestión, porque ya era lo suficientemente mayor para saber que los habitantes de las estrellas nunca deben interferir en los asuntos de los seres terrestres, pues las consecuencias pueden ser terribles.

 

Así pues, durante ese período de enrarecimiento, Clara tuvo que hacer un considerable esfuerzo para mantener el tipo y comportarse de la manera habitual; y, muy especialmente, le costó sobremanera enviar los rayos que llegaban a Pipo con la misma naturalidad y de idéntico modo que enviaba los que rodeaban al resto de Teotolcan. Pero así lo hizo. Y seguía sonriendo.

 

Un día, Pipo se reunió con Elías, a fin de comentarle que pensaba aprovechar unas cortas vacaciones escolares para acampar en la montaña, pues necesitaba estar a solas consigo mismo.

 

Llegado el momento, Pipo trepó por una de las Dos Hermanas y se encaminó a su refugio secreto. Una vez en éste, permaneció en su interior durante cuatro días con sus noches. Clara se preguntaba intrigada qué estaría haciendo.

 

A los cuatro días, Pipo salió de la cueva y ascendió por el abrazo de las Dos Hermanas siguiendo el curso del río Canalón, hasta llegar a su nacimiento: el lugar donde Clara le vio por primera vez. Pipo trepaba con ánimo resuelto y rostro serio.

 

Cuando llegó, se sentó en un peñasco. Sólo entonces levantó la mirada hasta la estrella Clara. No dijo ni hizo nada más: sólo mirarla profunda, fija, intensamente.

 

Clara sintió un estremecimiento que a duras penas logró disimular: pues tenía la viva sensación de que Pipo no miraba la estrella, –sino a ella misma.

 

Sentía que la mirada de Pipo penetraba en su estrella y, atravesando el halo de energía, corría al encuentro con sus ojos… y, entrando por ellos como por dos ventanas abiertas, se hundía hasta alcanzar el fondo de su alma, agitando en sus profundidades un mar de sentimientos de inconmensurable intensidad: levantando oleadas de anhelos y deseos, de sueños aún por soñar, de presagios terribles al par que tremendamente hermosos… Pero, aun presa de estas emociones hasta ahora desconocidas para ella –tanto por su naturaleza como por su vigor–, a pesar de ello, Clara sostuvo la mirada de Pipo y mantuvo la sonrisa de siempre, como un sólido dique que contiene el oleaje de unas aguas embravecidas, impetuosas, pugnantes por desbordar.

 

Pipo permaneció así, con la mirada fija en la estrella Clara, durante tres días con sus tres noches. En ese tiempo no hizo otra cosa que mirarla: no comió, no durmió, no bebió, –ni tan siquiera cambió de posición o gesto.

 

Y, durante esos tres días con sus tres noches, Clara mantuvo la mirada de Pipo, enfrentándose a la prueba más dura que se le había presentado en su todavía breve existencia de habitante estelar. Y, aunque trémula de emoción, se las arregló para no exteriorizar su agitación ni descuidar sus funciones, de tal manera que ningún teotolcaneco percibió nada anormal, ni siquiera Pipo –especialmente Pipo–. Y Clara seguía sonriendo.

 

Y al final –cuando Clara sentía que iba a desfallecer–, al clarear de la tercera noche, Pipo abrió los labios y exclamó:

 

–Te quiero.

 

Clara, al oírlo, experimentó una conmoción interna parecida a la sacudida de un terremoto: ¡Pipo le había hablado! ¡A ella, no a la estrella! ¡Le había hablado! ¿Le había hablado? ¿Y había dicho “Te quiero”? ¿A ella?

 

Entonces Pipo entornó los párpados y cerró los ojos un momento, por primera vez desde que, tres días atrás, empezara a mirarla. Si los hubiera mantenido abiertos, si no hubiera cerrado los ojos un instante, entonces hubiera visto –durante una fracción de ese instante– cómo la estrella Clara parpadeaba y acto seguido refulgía, emitiendo un resplandor encarnado, a juego con los colores de la alborada… Pues Clara se había sonrojado y había dejado de sonreír… Pero fue sólo la fracción de un instante, ya que Clara en seguida se repuso, y cuando Pipo volvió a abrir los ojos seguía sonriendo como siempre.

 

Entonces Pipo se puso en pie y, sin dejar de mirarla, volvió a hablar.

 

–Hablo contigo, dama de la estrella. Sé que estás ahí. Y yo… yo… –comenzó a trabucarse, y su rostro se fue demudando, como si demandara revelar una emoción largo tiempo refrenada– …No puedo vivir sin ti –concluyó a duras penas, mientras se le humedecían los ojos; entonces se dio media vuelta sin mirar atrás, emprendiendo el descenso con largas y apresuradas zancadas.

 

Nuevamente, la estrella Clara irradió un resplandor encarnado –pues las mejillas de Clara ardían en ese momento–; pero, nuevamente, Pipo tampoco lo vio –porque bajaba con la mirada gacha y los ojos bañados en lágrimas (por esto se marchó tan deprisa: porque le avergonzaba que Clara lo viera llorar).

 

Cuando Pipo retornó a su casa, Clara sonreía como siempre, y nadie se había percatado de su efímero arrobamiento. ––Aunque sobre Teotolcan quedó una huella de este fenómeno: pues a partir de ese día, en el lugar donde nace el Canalón creció una especie de flores antes desconocida, que sólo crece allí, de color encarnado y pétalos en forma de corazón. Desde entonces, los enamorados suben hasta ese lugar para escoger las más bonitas y trenzarles ramilletes a sus amadas. Se llaman amandinas.

 

A raíz de estos sucesos, Clara le dio una y mil vueltas a la declaración de Pipo: ¿Acaso él podía verla? ¿Podía sentirla? ¿Cómo era esto posible?

 

Ella no podía saber que Pipo, desde su más tierna infancia, al mirar la estrella, la veía a ella.

 

Cuando uno es un niño como vosotros, no percibe una clara frontera entre la realidad y la imaginación –ni falta que le hace–; pero, a medida que crece y se integra en la sociedad, se van imponiendo límites convencionales entre ambas. Así, llegó un momento en el que Pipo consideró que la niña de la estrella era un producto de su fantasía: su fantasía más hermosa. Pero, con la llegada de la pubertad y la eclosión del sentimiento amoroso, Pipo cambió de opinión, por obra de un razonamiento harto ilógico característico de los enamorados: “Si lo deseo tanto, por fuerza tiene que ser verdad.” Pues bien: por ilógico que resulte, lo era.

 

Siguió una época difícil para ambos.

 

Pipo estaba fuera de sí. Caía a menudo en letargos de melancolía, o bien no paraba de hacer cosas, pero no terminaba ninguna de las que empezaba; fue tornándose aún más retraído y suspicaz que antes: no hablaba con nadie y le molestaba que cualquier persona mirase a la estrella Clara, mas él no se atrevía a mirarla, –salvo ocasiones en que, armándose de valor, le lanzaba una mirada de muda y desesperada demanda; y, al comprobar que no ocurría nada, suspiraba con un gesto de desesperación para desaparecer luego de la vista durante días enteros.

 

Clara, por su parte, tampoco se encontraba bien –aunque seguía sonriendo–. La declaración de Pipo, y el efecto que había provocado en ella, la obligaron a enfrentarse a sus propios sentimientos: ella también amaba a Pipo, lo mismo que Pipo la amaba a ella, –pero no podía ni debía admitirlo–. Añoraba los inocentes tiempos pasados, en que se comunicaban ingenua y espontáneamente, sin conciencia ni pesar; pero intuía que esos tiempos se habían ido para no volver. Una y otra vez tomaba la decisión de olvidar el asunto, pero una y otra vez se sorprendía pensando en él. Llegó incluso a recurrir a estrategias de razonamiento en cierto sentido crueles, del tipo “Yo soy una habitante de las estrellas y él una simple criatura terrestre…”; pero esta diferencia de condición, lejos de proporcionarle la serenidad que perseguía, avivaba aún más su pasión: precisamente por su condición, Pipo le resultaba más vulnerable, más tierno, más… amable. Así, se debatía entre impulsos contradictorios, temiendo y anhelando a la vez aquellos momentos en que Pipo la miraba. Pero no perdía la sonrisa ni alteraba la expresión. Y cuando Pipo se desesperaba y desaparecía de su vista recluyéndose en su refugio, le entraban ganas de llorar y le costaba un mundo no detenerlo con sus rayitos, no acariciarlo, no consolarlo… Cuando pasaba el tiempo y Pipo no reaparecía, temía por su vida, no fuera a hacer alguna locura… Clara no podía seguir así. Aunque seguía sonriendo.

 

Por su parte, Pipo se iba sumiendo en la más negra de las desesperaciones, pues por más vueltas que le daba siempre acababa en la la misma conclusión: o estaba loco –y se había enamorado perdidamente de una muchacha que no existía–, o no lo estaba –y entonces ella no lo amaba, lo que resultaba aún peor que la primera de las posibilidades–. Así no podía seguir.

 

Al cabo de un tiempo, Elías –que se iba convirtiendo en un venerable anciano– tomó cartas en el asunto, pues Pipo presentaba un aspecto cada vez más preocupante: visiblemente enflaquecido, sus ojos brillaban febriles como los de un alucinado; su cara estaba contraída por arrugas impropias de su edad; jamás sonreía, y no hablaba con nadie; además había desatendido completamente los estudios y toda otra actividad… Ya ni siquiera las prácticas marciales lo estimulaban.

 

De modo que un día, Elías convocó a Pipo y se reunió con él en el interior de la casa. Estuvieron largo rato. A partir de ese momento Pipo volvió a cambiar. Retornó a la escuela y reanudó sus quehaceres con mayor brío y denuedo que antes, especialmente la instrucción con la espada –recordad que manejaba, a guisa de tal, un palo de madera de roble que Elías le había regalado con tal fin, siendo todavía un niño–. Apenas miraba al cielo ni a la estrella Clara, y cuando lo hacía no lo hacía de una forma especial: miraba la estrella con la misma emoción que se mira una piedra.

 

Clara asimiló este cambio con un gran alivio, pues la situación precedente se había vuelto insoportable también para ella; además, era consciente de que la actitud actual de Pipo resultaba sin duda la más conveniente, tanto para él como para ella, e incluso para Teotolcan… Sin embargo, junto al alivio latía en ella una cierta melancolía: como de añoranza de una posibilidad indeciblemente gozosa que fuera alejándose entre las brumas del recuerdo… Y seguía sonriendo.

 

Fue después de unos meses cuando Carolina llegó a Teotolcan con su familia. Sus padres, mercaderes, habían abandonado el planeta largo tiempo atrás, cuando Carolina ni siquiera había nacido. Ahora regresaban.

 

–Carolina, un poco más joven que Pipo, era de una belleza extraordinaria. Delgada y esbelta, de larga cabellera negra y grandes ojos de azabache flanqueados por pestañas interminables, su caída de párpados desarmaba al hombre más insensible; su boca sabía dibujar deliciosas sonrisas y encantadores “ohs” de asombro; sus pechos eran más apetecibles que dos frutos tiernos y jugosos… Pero bueno, mejor no entrar en ciertos detalles –se reconvino el viejo a sí mismo, al observar mi expresión de sumo interés–.

 

Cuando se conocieron en la escuela, la atracción entre Carolina y Pipo fue instantánea. Ella le obsequió con una caída de párpados particularmente larga, y le preguntó ingenuamente:

 

–Me han dicho que eres un formidable espadachín… ¿Es verdad?

Como procede en estos casos, Pipo enrojeció hasta la punta de la nariz, y balbució algunas palabras inconexas.

–Bueno, en realidad no… Algo… Vamos, que… Tampoco…

Ella lo escuchaba con aire de concentrado interés y, cuando él cerró el puño y lo lanzó al aire acompañado de un giro de muñeca –en apoyo instintivo de su elocuente explicación sobre el uso de la espada–, ella abrió mucho los ojos alargando sus lindas pestañas y, tras abrir la boca en un “oh” impresionado, se llevó el dedito a la boca como lo haría una niña pequeña… Y entonces fue Pipo el que se quedó boquiabierto.

 

Al poco tiempo, Pipo empezó a cortejar tímidamente a Carolina. A diferencia de la gran mayoría de los muchachos de su edad, Pipo jamás había vivido un romance terrestre –carecía de toda experiencia erótica–. En realidad era Carolina –más ducha en estas lides– quien guiaba sutilmente sus pasos sin que él se diera cuenta: ya incitándolo a avanzar cuando no se decidía, ya refrenándolo cuando intentaba hacerlo demasiado aprisa.

 

Clara, por su parte, comprendía que un amor terrenal era lo mejor que podía pasarle a Pipo. Y, sin embargo, si no fuera porque entre los habitantes de las estrellas no es común ese sentimiento, se diría que Clara experimentaba celos de Carolina. Pero seguía sonriendo. Aunque casi se le atraganta la sonrisa el día en que Carolina y Pipo se dieron su primer beso de amor. Al rato, se sorprendió a sí misma sumida en aquel razonamiento algo cruel que una vez había utilizado para dominar su sentimiento hacia Pipo… pero imprimiéndole un sentido inverso: “Yo soy una habitante de las estrellas y ella una criatura terrestre…”, y por un momento se imaginó encarnada en criatura física: ¿Sería guapa? ¿Le gustaría a Pipo? Pero desdeñó estas elucubraciones, y siguió sonriendo.

 

–El tiempo fue pasando, mientras Pipo y Carolina estrechaban sus lazos, hasta que alcanzaron la edad de merecer. Se acercaba, pues, el momento de formalizar su relación prometiéndose como novios…

 

El viejo se detuvo, miró los rescoldos de la chimenea –ya casi por completo consumidos–, y me miró después. Yo me hice el despistado, pero él no desvió su mirada inquisitiva. Finalmente asumí mi obligación desganadamente.

 

–Vamos, chicos, a la cama –informé.

 

[Continuará…]

 

 

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