Comer con los dedos

 

Me cuenten la milonga que me cuenten, pa mí un banquete no merece ese nombre si no comes con los dedos. Por supuesto chupándotelos y rechupeteándotelos tras cada bocao.

Cuanto más pasan los años, más a gusto me siento comportándome como un animal: comer sólo cuando tengo hambre, dormir sólo cuando tengo sueño, prescindir de lo superfluo…

Y, como buen animal social: perder -o ganar- un mínimo de 5 ó 6 horitas al día de charla.

Hace un rato, percibí de pronto un agujero en la tripa como el cráter de un volcán… Fuime a zampar, quedaba medio pollo asado del mediodía.

Lo trinqué y lo dejé en los huesos pelaos sin molestarme en sacarlo de la fuente.

Luego me hice un arroz negro a la marinera: 3 mins. de microondas. De éstos que, aunque comprados, están muy ricos (lo único malo es el boquete en el bolsillo).

En el arroz ya me ha conquistado la abominable cultura accidental: estoy hecho a comerlo con plato y tenedor.

Mientras mascaba, pensé: “Joél, cuando tenga una cena romántica (es decir, pué que nunca) compro 3 destos, hago el birlibirloque con una presentación curiosa, y la entretengo la zona pormenorizándole los secretos de cómo hacer un buen arroz negro…”.

Sé que mi glamour, ya de por sí escasito, va a perder muchos puntos al reconocerlo públicamente pero: Es que a mí, como a un lobo solitario, como que cocinar que no… ¿Pa qué hacerlo, con lo divertido ques cazar? Con lo que, de paso, se mantiene uno en forma.

Y ya. Ya he dicho más de lo políticamente correcto.